google6a9f693ff1f9254c.html
 

Izquierda, comunismo, socialismo, progresismo y socialdemocracia

 

Octubre 22 de 2022

Soy un cardiólogo colombiano de 61 años, retirado de la práctica clínica y ahora dedicado a fotografiar las aves y mariposas de mi país y a producir material educativo en mi modesto canal de YouTube (https://bit.ly/3Am7xk0). Pues bien, como cualquier ciudadano de a pie, este colombiano tiene posiciones políticas que muchos de mis compatriotas no logran entender.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Interpretación gráfica gracias a Midjourney

Me ha pasado varias veces que conocidos y amigos de estratos altos quieren conversar conmigo de “forma civilizada”, pues no pueden entender cómo es posible que un hombre como yo, haya votado por Gustavo Petro y Francia Márquez. Tampoco entienden que, además, defienda las ideologías de izquierda. Es verdad que no logran entenderlo y, por la consideración que me tienen, que seguramente no merezco, quieren escucharme: ¡para tratar de entender semejante despropósito! Me ha pasado varias veces, la última de ellas hace pocos días… y me quedé reflexionando al respecto.

Para quienes insisten en vivir debajo de una piedra, o en la caverna de Platón, no está mal aclarar algunos términos y definir algunas cosas, inspirado en algún oportuno video que vi en Twitter (fue claro y corto el del profesor de la Universidad del Rosario y máster en Ciencia Política, Mauricio Jaramillo Jassir [@mauricio181212]) y en mi propia declaración de principios, que he publicado en mis redes sociales desde hace años. Si no creen que mi línea de pensamiento tiene muchos años conmigo, pueden visitar estos enlaces y comprobarlo directamente: https://bit.ly/3TqietY - https://bit.ly/3DjXte3. Me perdonan la calidad de los videos, pero era la tecnología de la que disponía en esos momentos.

Entiendo a la “izquierda” como una corriente de pensamiento que busca cambios, para diferenciarse del conservatismo, que busca el mantenimiento de un orden establecido y de unas tradiciones incrustadas en su ADN, tradiciones que, por el solo hecho de serlo, asumen como “sagradas” o portadoras de alguna especie de “verdad revelada” que no se puede cuestionar. La izquierda pone siempre por delante lo colectivo y luego lo individual. Es acá donde entra eso de “soy porque somos”. Los movimientos de izquierda abogan también por una mayor participación del estado en la vida pública nacional, en especial en los asuntos que tienen que ver con la salud y la educación, en los que considera que el estado debería tener un papel protagónico y dominante.

Otra cosa es el comunismo marxista, que es la ideología de izquierda más radical. Defiende la idea de una sociedad sin clases sociales, donde una gran clase obrera y popular se emancipa y se libera de las cadenas que la atan a la explotación a la que es sometida por una clase dirigente esclavista. Esta gente quiere un caudillo eterno, un partido único e igualdad absoluta de todos los ciudadanos.

Podría decirse que el socialismo, en algún momento de la historia, fue una rama, o un apéndice, o una forma taimada de comunismo (a lo mejor esa es la causa del terror que esta palabra produce en muchos, reflejando más sus emociones que su nivel de ilustración). Lo que sucede es que hoy en día se entiende al socialismo como una ideología compatible con la democracia liberal y la economía de mercado, siempre moderada por una constitución que protege los derechos y las libertades individuales y colectivas. El socialismo también apoya la intervención decidida del estado en el “mercado”, para corregir las fallas que no permiten la justicia social y que, además, atentan contra el medioambiente.

En años recientes se ha venido utilizando mucho el término “progresismo”. La extrema derecha llama con desprecio “progres”, a quienes nos identificamos total o parcialmente con esta forma de pensar. Es una ideología que tiene pocos años e intenta ser más moderada, aunque en su “moderación” amplía el catálogo de derechos de los ciudadanos y es la más liberal de todas las vertientes de la izquierda, refiriéndose al liberalismo más en términos políticos que económicos, es decir, pensando más en John Locke que en Adam Smith. Que nadie se llame a engaño: no me considero ni medianamente conocedor de la teoría política y económica de estos dos autores, pero entiendo que Locke, un colega inglés, también filósofo, es considerado el padre del liberalismo clásico que, además, realizó una importante contribución a la teoría del contrato social e influyó en Voltaire y Rousseau, pensadores de la Ilustración francesa. De otro lado, Smith fue un economista escocés, considerado “el padre de la economía” o “el padre del capitalismo”, porque sentó las bases de la teoría económica clásica del libre mercado. Por esa razón, cuando llamamos al progresismo una vertiente muy liberal, pensamos más en Locke y nos referimos a los aspectos políticos del liberalismo y no tanto a los económicos.

En cualquier caso, el progresismo defiende los derechos de las minorías (como la población LGBTIQ+, los indígenas, los afros y otras minorías) y agita las banderas del feminismo, o sea que cree y defiende el derecho que tienen las mujeres a decidir sobre sus derechos sexuales y reproductivos, aunque el feminismo no es solo eso. El progresismo quiere flexibilizar la eutanasia, tiene un enfoque amplio en materia de drogas y se apoya en el discurso de la redistribución y la igualdad a la hora de hablar del derecho a acceder a la educación, a una vivienda digna, a la salud, etc. 

Faltaría también pensar en la socialdemocracia, que propone un estado de bienestar bajo una economía de mercado y libre comercio, aspectos en los que choca un poco con el progresismo, aunque apoya las intervenciones estatales para promover una mayor equidad social en una economía capitalista. 

No pretendo que estas definiciones cortas y probablemente imperfectas sean dogma de fe ni palabra de matrimonio. Son tan superficiales como pueden serlo. Estas corrientes de pensamiento se merecen un análisis más profundo, hecho por gente mejor preparada que yo.

Me atrevo a ser acusado de superficial por los académicos porque estas precisiones sí me sirven a mí para ubicarme de forma correcta, pues, de acuerdo con esto, me defino como de izquierda, socialista, progresista y promotor del estado de bienestar y de la intervención estatal fuerte en temas como la salud y la educación. Por eso voté y seguiré votando por los candidatos que enarbolen este tipo de banderas. Si luego me decepcionan será culpa de ellos, no mía. 

¡Lo que no soy es comunista! Es más, no conozco ningún comunista puro, y no estoy seguro de si todavía hay… bueno, puede que algunos en China y en Corea del Norte y a lo mejor uno que otro regado por el mundo. ¿Pero yo? Yo no soy uno de ellos.

Todo esto me ubica a 180 grados de los dirigentes de la derecha nacional como Paloma Valencia, María Fernanda Cabal, Álvaro Uribe y un largo, larguísimo etcétera. También me ubica muy lejos de la gran mayoría de mis amigos de estrato alto, en gran porcentaje, con escasas y muy conocidas excepciones, conservadores, racistas, capitalistas radicales, poco sensibles al sufrimiento ajeno, egoístas y carentes de empatía porque piensan más en ellos que en los demás, preocupados por el medioambiente solo de dientes para afuera, aferrados con fuerza a preceptos religiosos y estancados en la idea de mantener el statu quo. A estas personas les encanta matar sus mínimos remordimientos con filantropía y les aterra la idea de que los que más ganan paguen más impuestos, mientras yo creo que, por encima de cierto nivel de utilidades, o de ingresos, el impuesto debería ser incluso del 100 % de esos ingresos, a ver si algún día alcanzamos un coeficiente de Gini decente, y no uno de los peores del mundo, como el que tenemos hoy en día. Estas personas consideran que este tipo de tributación progresiva y agresiva es una forma de “castigar el emprendimiento, el trabajo y los méritos individuales”. No entienden nada.

Con algo de vergüenza, pero con muy pocas dudas, pienso que quienes no logran entender mi posición política podrían comprenderla muy fácil si aprendieran a escuchar de verdad a los otros, si leyeran un poco más, y si se salieran por un momento de su círculo de privilegios, al que también pertenezco, para entender de qué va el mundo actual. 

Estoy entonces muy feliz con el solo hecho de que Gustavo Petro y Francia Márquez hayan ganado… aun sin gobernar. Creo que lo harán bien, pero no pienso hacerle microgerencia ni seguimiento a cada acierto o error que cometan. Yo solo estoy feliz de que el péndulo haya cambiado de lado. Ya era hora.

Considero que por eso me estoy quedando sin muchos amigos, y estoy dispuesto a pagar el precio.